30 septiembre 2010

Doy las Gracias al Señor (Tractor)


Aunque ganas no me faltan (dadas las circunstancias), me propongo siempre y casi cumplo el no hablar de política en este visceral, hepático (pronto más con el makeover) y para algunos sórdido y pérfido espacio de verborrea poco correcta. No será la excepción esta vez. Suficiente con saber que desde Bayly hasta Lima-Limón le dan espacio suficiente (y de mucho mayor convocatoria) a toda la fauna sin señales de extinción que integra nuestra podrida, decadente y vergonzosa clase política. Queda allí.

La cosa es que vengo de una maratón de trabajo de unos seis meses que con suerte y mucho esfuerzo ha producido mejores resultados de los que esperaba. Entonces, súbitamente, me animo a relajarme a través de esta actividad no remunerada, que sin embargo me genera algo parecido a una rentabilidad emocional difícil de describir. Especialmente cuando se me antoja desparramar mi lamentablemente poco común opinión acerca de los espectros coactivos de los cielos habitados por gente con alas y unicornios rosados. Este es un relato algo más ligero que algunos anteriores, que tiene de realidad (al menos en lo sustancial) y también, cómo no, su sibarita para darle un poco de color y alegría.

Sólo como dato, trabajo fuera de Lima y en el área en la que me muevo existe un endémico apego al evangelismo. Esta mañana, cuando un eventual pasajero (de esos que tiran dedo y levanto en los caminos rurales para jalarlos de un punto a otro) me preguntó si yo "estaba en paz con el señor", sinceramente me sacó del canal en el que estaba. Sólo atiné a responderle que en realidad dependía de a qué señor se refería, porque habían algunos con los que estaba en paz pero otros con los que no. Es obvio, faltaba más, que entendía perfectamente a dónde iba con su pregunta, pero preferí tomarlo al deporte y responderle así para evitar entrar en detalles. 

El buen hombre no se dio por vencido y me soltó una chiquita. 
-Debería estar agradeciendo al señor porque se ve que le va bien.

Ya me estaba irritando con sus buenas intenciones (de lo que está lleno el infierno, dicen) y su intento de evangelización flash (porque las jaladas aquí duran unos 3km o 10 minutos de trocha). Le respondí, en un intento por sacarlo de su trance, que en realidad le estaba agradecido al señor tractor, al señor banco y al señor sudor, que son los únicos artífices de mi progreso. 

Hasta que me soltó una que me sumió en hipnosis regresiva. -Es Ud. zurdo, como quien afirma algo evidente. -Sí, le dije. -¿Cómo sabe?. -Pues, porque usa el reloj en la mano derecha, respondió finalmente con cara de "ahhh, de razón, 'pe". Me hizo recordar la anécdota que creo que ya conté sobre la señora que trabajaba en casa de mis padres que me quiso convencer de usar la mano derecha para comer "porque los que se quedan zurdos son los hijos del demonio".

Eran las 730 de la mañana, hora más que inapropiada para escuchar tanta huevada junta. Afortunadamente, llegamos al lugar donde bajaba. Más calmado, me expresó educadamente su agradecimiento. -Gracias, señor. Como Sabina, me dije ésta es la mía. -No me agradezca a mí, déle las gracias al señor Toyota. Fue en un tono muy amical y bromista, a lo que reaccionó con una mirada de compasión. En fin, había sido suficiente exposición a estas cosas por este semestre.

Luego, hacia el final de la jornada, tuve algo de tiempo de sentarme a tontear. Se me ocurrió, en virtud de la experiencia de esta mañana, indagar un poco acerca de eso del infierno, el demonio, don sata o la vibóra colibra.

Mientras navegaba en internet leyendo noticias y blogs de temas que me interesan, me encontré con una especie de artículo titulado "¿Cómo es el infierno?". La verdad que si uno lo interpreta de manera superficial puede ser desde divertido hasta hilarante. Sin embargo, con mis traumas (como los llaman algunos amables visitantes de este blog) no puedo y me puse en los zapatos de un niño de, digamos, 7 años leyendo este chorro de sinsentidos verdaderamente espeluznantes.

La primera conclusión evidente es que la idea del infierno para este niño quedará muy clara y será muy útil para condicionar su comportamiento futuro. Creo que pocas cosas pueden ser tan aterradoras para un pequeño de esa edad como:

"(...) unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y de que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos."
Es clarísimo. Ni siquiera velada, la amenaza del infierno está allí. Apelando a la ya explicada disonante dualidad a la que nos somete la dogmática, conseguimos que a este pequeño niño, al que ya se le hizo saber hasta el cansancio que nació sucio, malo e indigno, le quede clarísimo ahí se va como no haga caso y de taquito le pintamos la cancha para que empiece a construir su proyecto de vida sobre bases de miedo y mentira, gracias a la utilísima superstición como herramienta coercitiva.

En el mismo texto aparece luego más:

"De hecho, el Infierno es de creencia obligatoria para los Católicos, y es de los dogmas de nuestra fe que presenta mayor número de textos de la Sagrada Escritura que lo sustentan, en los cuales por cierto aparece con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible etc.). En resumidas cuentas, el Infierno forma parte, junto con el Cielo y el Purgatorio, de las opciones que nos esperan para la otra vida."
Fieles a la misma estrategia de aterrar y mellar la autoestima del hipotético niño, se sigue machacando la idea de que siempre existe la probabilidad de irse al infierno. Al inicio de la cita, tan violenta como siempre, la doctrina obliga a creer en la existencia de este horrible lugar. Si es dogma, entonces no creer en el infierno te manda derechito al trinche. Circular, sí. Pero efectivo.

El sustento, para estos efectos "contundente", radica en las diversas experiencias de algunos "iluminados", a quienes se les atribuye el haber visitado el infierno o el habérsele sido mostrado. ¿Para qué? Pues para que divulguen lo horrorosa que será su eternidad si no le hacen caso al soberbio, celoso y desgraciado bully invisible. Otro medio de comunicación bastante difundido es el libro fabuloide y desafortunado conocido como Da Baibel.

Es claro que estas pseudo experiencias o vivencias son producto de un buen viaje de acidos de estos personajes (santos para darles más veracidad) o simple locura.
Hacer que un niño como el que ejemplifico aquí lea esto (o leérselo) es, para mí, abuso infantil (voluntario o no).


Hay más, pero la idea es que el niño, después de esto, necesita tratamiento.

Saludos,